
Una mujer de armas tomar
I
María era una mujer de armas tomar. A sus veintiocho años era una mujer esplendida. Medía cerca de un metro ochenta y su cuerpo era atlético. Tenía una melena de pelo castaño con mechas rubias, los ojos color avellana, la nariz pequeña y la boca grande de labios gruesos. Si uno se fijaba podía ver una mirada llena de inteligencia y un aire voluntarioso en su rostro.
Contradiciendo a sus padres había abierto una agencia de detectives privados. Pero el comienzo había sido muy duro, pues nadie confiaba en una mujer investigadora. Aunque su perseverancia había dado sus frutos. Poco a poco los casos empezaron a llegar. Los primeros fueron asuntos de infidelidad en los que debía seguir a maridos sospechosos. Y ante los buenos resultados había visto diversificado su trabajo.
Un buen día un señor mayor se presentó a primera hora. Dijo llamarse José Luis Daudén. El hombre debía tener al menos ochenta años, iba bien vestido y tenía un porte altanero. Se sentó frente a ella, sacó la fotografía de un hombre de mediana edad y la puso ante María.
– Es mi hijo – dijo –, está desaparecido. ¿Sería capaz de encontrarlo?
– Es mi trabajo – contestó suavemente.
– Llevo varios meses buscándolo, lo he intentado de todas las maneras posibles y debo decirle que no es la primera agencia de detectives que contrato.
– No sé como trabajan las demás, en todo caso le puedo prometer que mi agencia empleará todo sus esfuerzos en encontrar a su hijo. Pero tendrá que darme más información sobre él.
Poco después y tras contestar a una batería de preguntas el señor Daudén se fue. Una de las cosas que había dicho a María era que su hijo Enrique, era profesor en la facultad de ciencias biológicas. Ipso facto María salió de la agencia y se puso en marcha.
Una vez en la facultad, el vicedecano la recibió en su despacho.
– Enrique era unos de nuestros mejores investigadores – decía en ese momento a María –, desgraciadamente, desde que desapareció las donaciones para investigación han bajado mucho.
– ¿Sabe si tenía algún enemigo?
– ¿En el campus? – María hizo con la cabeza un gesto afirmativo. – No, era una persona muy querida, no tenía ningún enemigo.
– ¿Quizás tuviera alguna aventura con una compañera?
– Si la tenía, le aseguro que nadie estaba al corriente.
– ¿Puede decirme en qué trabajaba el profesor Daudén?
– Es confidencial, siento no poder ayudarla.
– ¿Pero podría decirme al menos en qué área ejercía sus investigaciones?
– En la virología, trabajaba sobre mutaciones de virus, es todo lo que puedo desvelarle.
– Gracias por su tiempo – dijo María levantándose de su silla.
II
En un laboratorio clandestino, el profesor Enrique Daudén trabajaba vigilado por un hombre armado. Poco después, se acercó un hombre alto, de pelo gris y barba bien recortada del mismo color. Miró a través del cristal y le hizo una señal para que se reuniera con él.
– ¿Qué tal hoy profesor Daudén? – le preguntó cuando el científico estuvo frente a él.
– Mal, no es nada ético lo que me obliga a hacer. Si no fuera por sus amenazas, haría esto usted mismo.
El hombre de pelo gris se echó a reír.
– Pero que bromista es usted – y añadió con un tono duro –, espero que la investigación llegue a buen puerto y rápidamente, está tardando demasiado.
– Esto no es cosa fácil, pero no se preocupe, conseguiré lo que me ha pedido. Aunque no sé el tiempo que tardaré. Eso sí, cada día me acerco un poco más.
– No tiene tiempo, en una semana quiero resultados.
– Eso no depende de mí, hago todo lo que puedo. Usted no puede ponerme un tiempo determinado para encontrar la manera de fusionar los virus. Estos experimentos son muy peligrosos y necesitan su tiempo.
– Lleva más de ocho meses investigando, ya es hora de ver resultados, sino…
– No es necesario que me amenace, hago todo lo que puedo. Las investigaciones suelen ser lentas, algunas duran toda la vida.
– Bueno, tiene una semana para presentarme algún resultado.
El hombre de pelo gris se retiró y el profesor Daudén lo miró irse perplejo. ¿Cómo conseguir resultados en una semana?
III
A María, desde muy pequeña, su madre siempre le había dicho que era un poco bruja. A la edad de cinco años descubrió que conseguía oír en su mente lo que pensaba la gente. Al ser tan pequeña no se asustó ni pensó que fuera algo insólito y creció con ello como si fuera lo más normal del mundo. Desde entonces, había desarrollado y aprendido a utilizar ese don.
En su entrevista con el vicedecano lo había utilizado y le había parecido que el hombre estaba implicado en la desaparición. Había hecho unas indagaciones y había descubierto que en contra de lo que le había dicho, las donaciones habían subido desde la desaparición del profesor Daudén. Pero se llevó una sorpresa al descubrir que todas ellas provenían de un diario de tirada nacional muy importante. Este periódico pertenecía al mayor grupo editorial del país. Y a su cabeza estaba uno de los hombres más ricos, Rafael Capdevilla.
Esto hizo sospechar a María y decidió seguir al vicedecano por si pudiera ponerla sobre alguna pista.
El hombre, a bordo de su coche, salió de la universidad y se dirigió al centro de la ciudad. Una vez en el centro metió el coche en el aparcamiento y se internó en el centro comercial. María lo siguió hasta una lujosa cafetería donde se encontró con un hombre. La detective se acercó lo suficiente para oírlos sin que la vieran.
– Ha venido a verme una detective – dijo el vicedecano.
– Pero si han pasado muchos meses desde la desaparición del profesor Daudén, ¿aún no se han cansado de buscarlo?
– Parece ser que no. La ha contratado el padre me dijo.
– ¡Qué raro!
– Eso me pareció.
– ¿Y qué le contaste?
– Lo de siempre.
– Bien, dentro de un tiempo, al ver que no consigue resultados, dejará la investigación.
Los dos hombres terminaron sus bebidas y poco después, se fueron cada uno por su lado.
María decidió entonces, seguir al segundo hombre. Éste cruzó la ciudad hasta una zona residencial y terminó aparcando el coche ante una gran casa. María dejó su moto escondida detrás de un seto a cierta distancia y volvió caminando hasta la casa. La rodeó mirando por las ventanas. La mayoría de las estancias estaban a oscuras. Sólo la cocina, donde cocinaba una mujer y el salón estaban iluminados.
Por la fina rendija que dejaban las cortinas, María pudo ver al hombre al teléfono, pero no conseguía oír lo que decía. No pudo más que utilizar el don que había recibido de la naturaleza.
… Una detective privada… Desaparición del profesor Daudén… Vicedecano de la universidad… Rafael Capdevilla… No hay peligro, no sabe nada… Dejará la investigación, sólo es cuestión de tiempo…
María se alejó antes de que alguien la viera. Ya había oído suficiente y había descubierto que el magnate de la comunicación Rafael Capdevilla tenía algo que ver con la desaparición.
IV
María estaba apostada a la puerta de la mansión del importante hombre de negocios. Éste salió a bordo de una limusina y enseguida la investigadora se puso en su estela. No hubo sorpresa, el coche la llevó hasta el edificio de oficinas propiedad del grupo editorial. La limusina desapareció por la entrada del aparcamiento subterráneo y la investigadora tuvo que quedarse en la calle.
Decidió entrar. Rodeó el edificio, entró por la puerta principal y se dirigió a un mostrador atendido por tres azafatas vestidas de negro.
– Buenos días, me llamo María Esteller, soy detective privada y quisiera entrevistarme con don Rafael – dijo a una de ellas.
– No creo que eso sea posible – le contestó.
– Haga el favor de hablar con él y dígale que si no me recibe puedo volver con la policía.
– Sinceramente, no creo que la reciba, pero haré lo que me pide.
La muchacha descolgó un teléfono y después de hablar una larga decena de minutos le dijo a María:
– Suba, es el último piso, no tiene pérdida.
La investigadora no estaba segura de haber actuado de un modo oportuno. Había descubierto sus cartas, quizá, demasiado pronto. Aún así subió al ascensor acristalado. Éste iba por fuera del edificio y pudo ver como se alejaba a toda velocidad del suelo sin por ello tener un atisbo de vértigo. En el trigésimo cuarto piso salió y encontró una única puerta, hacia ella se encaminó. La joven secretaria, al verla, la guió hasta el despacho del jefe supremo.
María entró en un despacho inmenso. Estaba decorado con cuadros de grandes pintores y esculturas grandísimas. Había dos grandes sofás de cuero negro frente a frente con una mesa baja en medio y en un rincón una pequeña barra de bar. La mesa de trabajo era gigante y en ella reinaba el dueño de la emprresa. Detrás de él una gran cristalera inundaba la sala de luz. El hombre, alto y con el pelo y barba grises se acercó la mano tendida.
– Hola, soy Rafael Capdevilla, ¿deseaba verme? - dijo con tono jovial.
– María Esteller – contestó ella devolviéndole su apretón de mano –, sí, ¿quería saber si conoce al profesor Daudén, Enrique Daudén?
– El nombre me dice algo, ¿no será ese profesor que desapareció hace algún tiempo?
María tardó en contestar, había podido leer la mente del hombre. Ahora sabía que tenía delante al culpable de la desaparición del científico.
– Sí, ¿sabe por casualidad a qué se dedicaba?
– ¡No! – contestó él ofendido –, si ni siquiera lo conocía. ¿Puedo hacerle una pregunta?
– Dígame.
– ¿Por qué ha amenazado a mi azafata con volver con la policía? ¿Tanto interés tenía por verme?
– Sí, creo que tiene algo que ver con la desaparición del profesor y sólo será cuestión de tiempo que pueda demostrarlo.
La mujer se levantó y se dirigió a la puerta, poco después estaba en la calle. Iba camino de su moto cuando paró a su lado un coche negro con gran estruendo de frenos. Salió un gigante que la cogió antes que pudiera darse cuenta de lo que pasaba. La metió en el vehículo y éste salió a toda velocidad.
V
María se despertó con un fuerte dolor de cabeza. La habían drogado, ¿pero cuánto tiempo había pasado? Diez minutos más tarde se abrió la puerta de la sala en la que estaba retenida. Se encuadró en ella un hombre armado y le dijo:
– En marcha, el jefe quiere verte.
Recorrieron un largo pasillo y entraron en una sala donde los esperaba el jefe, Rafael Capdevilla.
– Me alegro de volver a verla.
– Pues yo no – contestó María aún bajo los efectos de la droga.
El magnate soltó una gran carcajada. Después, se quedó mirándola con aire de perplejidad y al fin habló:
– No sé como ha podido remontar hasta mí en tan poco tiempo, pero llega demasiado tarde. El profesor ha conseguido fusionar el Marburgvirus con el SRAS. Un virus que se propaga por el aire. En poco tiempo podré exigir al gobierno ciertas mejoras para mi empresa y para mí mismo. Hasta creo que haré negocio vendiéndolo al mejor postor.
– Eso es lo que se cree, lo encontraran y será detenido.
– Si no pienso esconderme, me encontraran enseguida, pero detenerme no sería una buena idea, la población podría sufrir los efectos del virus.
– ¿Se cree muy listo, verdad? De alguna manera conseguirán detenerlo y ahora, dígame donde está el profesor Daudén.
– Está aquí mismo, nos reuniremos con él enseguida y como tengo que hacer una pequeña demostración, usted y el profesor haréis de cochinillos de Indias.
De manera poco amistosa, el hombre armado llevó a María en compañía del científico. Mientras recorrían los pasillos, los vapores de la droga se fueron evaporando. Entonces, recordó lo que había leído en la mente del hombre de negocio. Iba a soltar el virus allí mismo, provocando la muerte de las miles de personas que estaban en el edificio. Estaba loco, no veía más que su beneficio personal.
Tras recorrer los pasillos llegaron a la habitación donde estaba encerrado el profesor Daudén. La investigadora lo reconoció enseguida a pesar de la barba. El hombre armado, confiando en su superioridad, puso una mano en la espalda de la mujer con la intención de empujarla al interior. Cual fue su sorpresa al ver la reacción de la detective.
Con una velocidad increíble, María se dio la vuelta, agarró la mano del hombre y al tiempo que la retorcía le dio una patada en la entrepierna. El hombre estaba casi noqueado. María le quitó el arma y lo empujó al interior de la celda. Después dijo al científico:
– ¡Vamos profesor!, vengo a liberarlo.
Éste salió indeciso y María cerró la puerta tras él.
– Capdevilla está loco – dijo la investigadora –, piensa soltar el virus aquí mismo, ¿sabe cómo va a hacerlo?
– No lo sé.
– ¡Pero usted ha fabricado el virus!, ¿sabrá al menos dónde lo guarda?
– En el laboratorio.
– Vamos, hay que cogerlo antes que él.
El profesor Enrique Daudén fue guiando a la investigadora. Llegados a la antesala del laboratorio, el científico dijo:
– Hay que vestirse con las protecciones para no contaminarse.
– No hay tiempo para ponerse todo esto. Nos pondremos una mascarilla y unos guantes, en marcha.
Poco después, entraban al laboratorio. Lo cruzaron y el profesor cogió de un armario frigorífico, una caja que contenía una docena de tubos de ensayo.
– ¿Está segura? – preguntó.
– Claro, piensa soltar el virus aquí con nosotros dentro, ¿cree que sobreviviríamos? – El hombre puso cara de circunstancia. – ¡Vámonos!
VI
Desde una pantalla de su despacho, Rafael Capdevilla vio al científico seguido por la mujer entrar al laboratorio. Sin quitar la vista de esa pantalla, descolgó el teléfono y dio unas órdenes. Por un segundo monitor pudo ver varios hombres armados dirigirse al encuentro de los dos entrometidos.
***
El científico había mostrado el poco camino que conocía del laberinto subterráneo y ahora, era María la que abría la marcha, pero no sabía donde dirigirse. Estaban en el subterráneo de un edificio, un subterráneo plagado de galerías. A la vuelta de una esquina, un hombre armado les dio el alto.
– ¡Quietos! Rendiros, no vais a conseguir salir de aquí.
– Si nos rendimos tampoco saldremos de aquí – le contestó María.
Sin pensarlo, soltó una ráfaga con su arma automática. Varios proyectiles alcanzaron al hombre que cayó al suelo. Sus compañeros empezaron a disparar, pero María y el profesor se pusieron al abrigo de un muro y echaron a correr por el laberinto de pasillos.
Al girar otra esquina los recibió una lluvia de balas. El profesor Daudén que llevaba la caja del virus, se quedó resguardado detrás del tabique. Sin embargo, María tuvo que echar cuerpo a tierra. Desde el suelo la mujer los barrió de una larga descarga. Cuando oyó el ruido de la recamara vacía, tiró el arma y se puso en pie. Siguieron con su carrera. Al pasar sobre los cuerpos despedazados, la investigadora cogió otro subfusil.
Llegaron a un cruce y fue en ese momento en el que apareció el forzudo. María no lo vio venir y éste la agarró con tal violencia que el arma se escapó de sus manos. El hombre la tenía sujeta por la espalda con fuerza. María estaba en una postura muy comprometida, pero como era una mujer de recursos no se puso nerviosa.
Le dio al gigante un cabezazo hacia atrás que recibió en plena nariz. Comenzó a sangrar y soltó a la detective. Ésta atacó con una patada al hígado. El hombre puso la mano para parar el golpe, pero cuando quiso darse cuenta el pie de María había subido y lo golpeaba, como un látigo, en plena faz. Su contrincante, a pesar de su corpulencia estaba tocado. Mandó un derechazo a María y ésta con la agilidad que tenía lo esquivó sin dificultad. Le replicó con una patada al muslo que le dejó la pierna inútil.
El hombre estaba cojo y sonado, para María tumbarlo sería un juego de niños. Pero quería que hablase, así pues giró sobre sí misma y golpeó, de fuerte puñetazo, al mastodonte justo detrás de la oreja izquierda. El hombre hincó la rodilla en tierra. Después, volvió a largarle una patada debajo de los omoplatos. El hombre cayó de bruces.
María recogió el arma, volvió a por el gigante, lo cogió por la cabellera y le sacudió la cabeza. El hombre abrió los ojos.
– ¡En pie!, tienes que ayudarme a salir de aquí.
El forzudo aún no tenía las ideas claras. La investigadora, sin miramiento, le dio una patada en las costillas y le metió el cañón del arma en la cara.
– ¡Tienes dos segundos para levantarte y guiarme hasta la salida!, sino me veré obligada a acortar tu mísera vida.
El mastodonte, como un sonámbulo, se encaminó hacia la salida seguido por la detective y el profesor. Una vez en la calle, María se dio cuenta que salían del edificio del grupo editorial. Echaron a correr, la moto estaba cerca. Se montaron y se perdieron por las calles de la gran ciudad.
Una vez en su despacho, la detective dijo al científico:
– He avisado a su padre que lo había encontrado, no creo que tarde en llegar.
– ¡Pero si soy huérfano!
– ¡Cómo!
– Sí, mis padres murieron en un accidente hace más de quince años.
– ¿Entonces, quién me ha contratado?
En ese momento entró el hombre que había contratado los servicios de María unos días antes.
– ¡El señor Caballero! – exclamó el profesor Daudén.
– Siento este pequeño engaño – dijo el anciano riéndose –, pero tenía que encontrarlo. Me debe varios meses de alquiler y quiero cobrar mi dinero…
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